En la semana Nina
había intentado explicarle del mejor modo posible; a su hija de seis años; que
si lo indicaba el doctor, tendría que ponerse inyecciones para curarse. Por
esos días Sarita estaba algo enferma. Nada grave, pero por esa razón, su mamá había tenido que
llevarla al consultorio.
Esa mañana sin comprender
el motivo, Sarita se había levantado de mal humor. Tomaba la leche y comía su
pan tostado sin decir una palabra. A pesar de los intentos de la madre por
saber que le pasaba, ella respondía sólo con un gesto serio y encogiéndose de
hombros.
Todo indicaba que, en esa mañana
el malestar sería protagonista.-¿Cedería?
Sin embargo a medida que fueron pasando los minutos, y a pesar de su estado
de ánimo, logró seguir algo de la
conversación que tenían Nina y Paloma, - su hermana mayor -. Pero quien más la distrajo fue Guillermina; su hermanita de
pocos meses; no podía despegar los ojos
de ella.
Mientras la miraba se
preguntaba - ¿Cómo hacía ese bebe tan chiquito para tomar esa mamadera tan
grande, en menos tiempo del que ella demoraba para tomar su leche? – y
concentrada en sus dudas sin respuestas, Sarita olvidó el mal humor.
Seguía suspendida en
ese pasatiempo, hasta que la tertulia la atrajo nuevamente, porque era referida a un lugar que compartían
las tres. Todas, excepto Guillermina, iban a la misma escuela. Paloma y Sarita como alumnas. Nina, por supuesto, como maestra.
De todos modos no tenía intención de participar, por eso siguió
desayunando en el más absoluto silencio.
La charla se
intercalaba con las directivas de Nina, sus comentarios acerca del trabajo y de lo que tendría que
preparar para la semana siguiente, más las preguntas de rigor que hacía a sus
hijas respecto de las tareas. Paloma era la única que respondía.
Su mamá intentaba; sin lograrlo;
que Sarita se integrara con su parloteo y volviera a ser Sarita. Más tarde, cuando la charla giró en torno de Joaquín, ella sin cambiar su
gesto adusto, prestó más atención,
simulando que no le importaba tanto, pero no podía evitar espiar de
reojo mientras Nina decía con firmeza: - … ¡y al fin Joaquín tuvo que quedarse
en su casa!-
Él era alumno de Nina y a su vez amigo de Sarita, ya que cursaban
el mismo grado pero, en aulas diferentes.
Sarita seguía muda, mientras Paloma preguntaba preocupada: …
¿¡y no fue a la escuela!?- dijo pensando
en Joaquín-
Nina: -¡No, no!- y agregó con tono de maestra- ¡El médico le
dijo que tenía que hacer reposo!
Paloma suponiendo lo
mal que estaría exclamó: -¡Qué
aburrido! – ¡¿Un día sin escuela?! –
Nina
mirando a Paloma y haciendo gestos disimulados para que evitara
comentarios inconvenientes para el logro
de su objetivo, le contestó con un - Sí –
¡que insinuaba todo eso! - Paloma comprendió. Entonces, continuó Nina -
Pero además debe colocarse unas inyecciones
para curarse. – Decía esto mientras observaba por el rabillo del ojo las
caras de Sarita. Ella como cualquier niño era muy expresiva, y con la cara
solía decir mucho.
- Siguió Nina - El médico lo indicó… –y asevero con firmeza sin abandonar su calidez- …y es lo que Joaquín va a tener que hacer… tendrá
que ponerse unas inyecciones… -Aclarando al pasar, la importancia del cumplimiento del deber:- Aunque no nos
guste, tenemos que hacer caso a los médicos….
Aquellos
dichos fueron tan insinuantes que Sarita
empezó a asociar su “mal humor” con que estaba enferma.
También comenzaba a sospechar que
su mamá, le quería “enseñar”
algo- . Los niños, aunque sean pequeños suelen ser muy astutos. Y ahora con el
tema de Joaquín, Sarita creía entender algún mensaje oculto detrás de esa “arenga”.
Aunque queriendo no enterarse de lo que estaba
intentando decir Nina, no podía dejar de repetir mentalmente y en cámara lenta la frase clave y estremecedora
- “dee-be- co-lo-caar-se in-yec-cio-nees”… “es- lo- que- va- a- tee-
neer que haa-ceer”…. – Lo que se repetía
en su cabeza una y otra vez aunque no quisiera, la había empezado a asustar.
Ahora pensando con ligereza, creía también
haber visto esa cierta complicidad entre Nina y Paloma. Algo decididamente se estaba tramando. Lo que
no deseaba, estaba a punto de confirmarse.
Nina miró esa carita redonda y esos ojitos grandes
que parecían estar a punto de descubrir un misterio y con un gesto inmenso de ternura y para suavizar
cualquier situación, dijo acompañando
sus palabras, con el movimiento de sus manos:- al fin no es más que un
“pinchacito”…-siguió explicando- con una “agujita”- sin dejar el diminutivo
- que pica apenas por un “ratito” –y
sin abandonar el “ito” y con expresión de final feliz agregó- ¡después con
unos “masajitos” pasa enseguida!
¡No había más nada
que decir! Sarita comprendió. ¡Ya no
existía mensaje oculto para ella! Comenzó a transformarse. Ahora su malestar era la angustia que la había
invadido por acertar en desconfiar del
relato de la inyección para Joaquín. Cómo
había estado enferma, - ¡también habría
inyección para ella!
A partir de ese
momento todo sucedió muy rápido. El mal
humor de Sarita volvió repentino mezclado con el terror a lo inminente. Abatida
por estos sentimientos y rompiendo su silencio empezó a gritar que ella ¡No se
pondría ninguna inyección! - ¡Qué no le importaba si estaba enferma! - ¡No se
la pondría!-
Sarita había entrado en tal pánico que la hacía revelarse
como nunca lo había hecho. Estaba descubriendo la incontrolable reacción que le
causaba - ¡una jeringa y una aguja!.
Cuando vociferaba
aquellas palabras que no eran más que expresiones de determinante resistencia,
sonó el timbre de la casa.
Nina atendió con
diligencia, mientras intentaba calmar a Sarita, sobre todo porque había llegado
la hora que se anunciaba con un timbrazo. – ¡Hora de la inyección!- Al sentir
la voz de Lucio, el enfermero del barrio; que además era conocido de la
familia; el caos fue mayor. Sarita en medio de una crisis, comenzó
instintivamente a resistirse. Corría y
se atrincheraba en cada rincón que podía.- ¡Le habían declarado la guerra y
ella se defendería!-
La mamá desesperada
intentaba calmar a Guille en sus brazos, ya que había empezado a llorar, trataba de controlar a Sarita sin poder
hacerlo y atendía al mismo tiempo a Lucio. Paloma quería convencerla y Sarita, sentía aquella presión. Su hermana quiso
tomarla de un brazo pero no lo logró. ¡La guerra había comenzado! Paloma,
solidarizándose con su madre en tal situación comenzó a correrla, diciéndole
que se quedara quieta. – Era una guerra definitivamente y ¿le pedían que se
rindiera? - ¡Nunca!
Después de tantas vueltas alocadas alrededor de la mesa, una
persiguiendo y la otra escapando, Sarita se paró
abruptamente frente a la heladera, la abrió, sacó una zanahoria y en un acto
desesperado la arrojó sin pensarlo, con tanta puntería que acertó- ¡sin
pretender tanta precisión! - en medio de la frente de Paloma. ¡¿Que había
hecho?!- No se reconocía. La persecución de su hermana cesó… ¡Por culpa de la zanahoria
convertida en misil para su guerra!
El caos se profundizó, corrió hasta su pieza, pero ellas
entre enojos y llantos y alguna frase de
Lucio que pretendía tranquilizar, la siguieron hasta allí. Nina ya no tenía a Guille, la había dejado al
cuidado de Paloma, mientras una lloraba y la otra intentaba dejar de hacerlo
por el zanahoriazo recibido. Nina estaba decidida a terminar con esa situación.
No le perdonaría ni lo que había hecho a Paloma, ni el escándalo. Sarita en la
pieza siguió corriendo, pero ahora - ¡por encima de las camas! - escapándose de
los brazos adultos que se agitaban, y de
esas manos ansiosas por atraparla - ¡cómo si ella fuera la sortija de una
calesita!- Se tiró de panza al piso y patinó hasta esconderse debajo de una y otra cama, que oficiaban de
trincheras para esta guerra, quedándose por unos instantes en aquellos lugares
que se hacían inalcanzables para Nina y Lucio.
Finalmente todos los esfuerzos de Sarita por escaparse
fueron inútiles. Nina, enojada,
acalorada y avergonzada, había logrado alzar a Sarita mientras reprochaba su
actitud para con todos, al tiempo que empezaba el intento por tranquilizarla.
El enfermero se acercó y le dijo suavemente –No es para tanto Sarita,…
enseguida pasa - ¡mientras sostenía en su gran mano; era lo que veía Sarita; una enorme jeringa!. Ella cerró los ojos con
el más profundo terror, pero con algo de indignación por sentirse obligada a
pasar; según su sentir; por esa terrible experiencia. Aún así, comenzó la
resignación, no había otra salida. Con un nudo en la garganta, y a punto del
llanto, que nunca soltó para no sentirse más débil ante tremenda injusticia,
decidió escuchar cuán dulcemente el enfermero le daba las indicaciones para
relajarse… Y se entregó... Ya no permitió que sus tontos temores la invadieran,
sólo escuchaba la voz de Lucio.
Para cuando abrió los ojos, vio y sintió a su mamá, que la
acariciaba y la contenía en sus brazos.
No había sido necesario aquel berrinche, bochornoso para
Nina, doloroso para Paloma, fastidioso para Guille y sobre todo para el enfermero,
aunque él nunca lo demostró. Ahora que
se daba cuenta de lo que había hecho,
era especialmente vergonzoso para ella.
En la siguientes inyecciones que no fueron más que dos, no hubo escándalos, ni zanahorias convertidas
en misiles, ni carreras alocadas, ni trincheras. Sarita aprendió cómo tenía que
enfrentar su miedo, lo que debía y no debía hacer. Si al fin de cuentas su
mamá; tenía razón. Las inyecciones no eran más que palabras en diminutivo:… un
“pinchacito” con una “agujita”, que
picaba apenas por un “ratito”, y que con unos “masajitos” pasaría…
LA REBELIÓN IMPERTINENTE
ISBN: 978-987-27597-0-4,
LA REBELIÓN IMPERTINENTE
ISBN: 978-987-27597-0-4,

lindo lindo pocha, me gustaa!!
ResponderBorrarquién no habra pasado por esas guerras!? :) Muy lindo Silvia..
ResponderBorrarMe encantaaa tiaa!!!! Segui asi, escribis muy lindo y sabés transmitir lindos sentimientos. Te quiero
ResponderBorrar