martes, 11 de octubre de 2011

TATUAJE NATURAL

    Sarita pensaba que de no haber nacido  nena, seguramente hubiera pertenecido a la especie de los simios
    Tenía esa certeza. Ella había comprobado con fascinación, en sus visitas al zoológico que muchas de las cosas que hacía  y le gustaba hacer, también la hacían los monos más chicos. Fue así como nació su sentimiento de hermandad con esas pequeñas y adorables bestias peludas. Era un gran descubrimiento y  la asombraba la similitud que encontraba. -¡¿ Ella se les parecía?! -¿O era al revés? ¿ los monos se parecían a ella?. 
      Siempre estaba alegre y pasaba buena parte del día inventando morisquetas frente al espejo, practicando toda clase de piruetas, jugando con sus amigos del barrio, haciendo reír a su mamá y a sus hermanas con sus variadas ocurrencias y porqué no "monadas", cuando no estaba ideando el modo de asustarlas y molestarlas, sólo con la intención de divertirse con sus travesuras. 
       Pero si había algo que a Sarita le encantaba más que nada,- ¡igual que a los monos!- era estar trepada a la copa de los árboles.  
    Había uno en especial; el que estaba frente a la puerta de su casa; en la vereda de su añorada Villa Diego. Era un gran paraíso y ¡sí!-¡en aquella rama! ¡sí, sí!-¡la más alta! hasta allí quería llegar. Por supuesto que antes tendría que escalar por todas las que estuvieran más abajo y que además resistieran el peso de su cuerpo, aunque fuera pequeñito. Por cada rama que subía, ella se detenía a observarla. Estudiaba con entusiasmo su mundo conquistado; cada nudo, cada brote, y a cada hormiga en la sorprendente tarea de transportar su alimento, varias veces más grande que ella, ascendiendo, descendiendo y sorteando; lo que sería quizá para  ese pequeño insecto; enormes precipicios, cuevas y montañas.
   Cuando llegaba a la rama más alta, sentía desde allí arriba que todo lo podía, que su mundo era magnífico, que la naturaleza hermosa, y que su paraíso.... -¡ay su querido paraíso!- era su selva. 
   Estaba tan apegada a él, que en las vacaciones de verano organizaba un creativo pic-nic para sus amigos, y no era precisamente del modo que lo hace la gente, quiero decir debajo de los árboles, sino que se las arreglaba para hacerlo en medio de su frondosa copa. 
   Sarita y sus compañeros de tantas aventuras, quedaban de acuerdo para encontrarse a primerísima hora de la tarde. Era el momento en que más se disfrutaba de la frescura que les brindaba el novedoso hogar, sumado a la esperada independencia, ofrecida por la siesta adulta, que se hacía inmediatamente después del almuerzo y ordenar la cocina.
     Una vez reunidos al pie del árbol, verificaban que nada les faltase,ni  masitas, ni dulces, ni frutas y mucho menos el jugo para beber, entonces con la seguridad de tener todo lo que necesitaran, comenzaban organizadamente a subirse.
     Cada uno de los cuatro amigos, tenía como asiento su rama predilecta. Estaban dispuestas de forma escalonada y circular alrededor del tronco principal, así que sólo podían acomodarse en diferentes niveles, pero esto no les impedía verse las caras, ni intercambiar suministros. Se sentían tan a gusto, que no se daban cuenta de las horas que pasaban allí. Sólo cuando alguna parte del cuerpo comenzaba a doler. 
      Fue así que se sucedió cada tarde de verano. Y ese árbol que a la vista de cualquiera no era más que un paraíso, para los chicos, pero especialmente para Sarita, se había convertido en algo muy especial. Para ellos no era un árbol de paraíso más.  Imaginaban que él se sentía feliz de sostenerlos y abrazarlos con su frescura en medio de tanto calor y no podían dejar de considerarlo un amigo más con el que habían compartido tantos momentos.
     Tiempo después Sarita comprobaría, con sus inocentes asociaciones, que él realmente tenía sentimientos, que seguramente le había agradado su compañía y escuchar  ocurrentes conversaciones, llenas de risas y no tanto, ya que aveces había un fluido intercambio de  confesiones entre ella y sus amigos.
      Tal fue el amor mutuo entre el árbol y Sarita que al enterarse que debía mudarse, estuvo tan triste que pasaba más horas de las acostumbradas con él, tratando de fijar en su memoria cada rincón que la había refugiado tanto tiempo. 
       Pocos días después de haberse mudado con su familia, Sarita supo que no sólo ella había sufrido la despedida. 
      Una extraña marca sombreada había salido en su pierna.
       En la consulta al médico que hizo su mamá, aquel les explicó; después de indagar en que lugares jugaba Sarita; que esa mancha no era grave e iba a desaparecer con el tiempo. Que sólo era una alergia y que seguramente a una planta con la que tuviera contacto frecuente.
       Al decir esto el médico, Sarita exclamó- ¡mi paraíso!-volvió a mirar su mancha, y todos hicieron lo mismo. Observaron detenidamente delineando con la mirada el contorno de la sombra. El médico cada vez más sorprendido, empezó a delinearla nuevamente pero esta vez, con su dedo.
      No era una sombra cualquiera, cómo no había sido su paraíso, cualquier paraíso. Su mancha resultó ser la sombra más increíble y hermosa que Sarita nunca hubiera imaginado.
       Tenía dibujada en su pierna un delicada ramita con sus hojas de paraíso. Pensó entonces en "su selva", su árbol querido y entendió que esa era la prueba, de que "aquel amigo" la había querido tanto que también había llorado en la despedida, dejando su huella . Y que el médico cómo todo médico, queriendo dar una explicación lógica, había diagnosticado equivocadamente: -¡ alergia!.
         Sarita mostró a todo el mundo, entre nostálgica y orgullosa su hermoso tatuaje natural, que apenado aquel árbol; por no verla más; le había regalado. Finalmente y en lo único que no había errado el médico, era que su "mancha" desaparecería. Pero lo que nunca se desvaneció con el correr de los años fue el tierno recuerdo de aquel gran Paraíso de Villa Diego.


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viernes, 7 de octubre de 2011

LA REBELION IMPERTINENTE

                                                 



                                                 LA REBELIÓN IMPERTINENTE 

  En la semana Nina había intentado explicarle del mejor modo posible; a su hija de seis años; que si lo indicaba el doctor, tendría que ponerse inyecciones para curarse. Por esos días Sarita estaba algo enferma. Nada grave, pero  por esa razón, su mamá había tenido que llevarla al consultorio.
  Esa mañana sin comprender el motivo, Sarita se había levantado de mal humor. Tomaba la leche y comía su pan tostado sin decir una palabra. A pesar de los intentos de la madre por saber que le pasaba, ella respondía sólo con un gesto serio y encogiéndose de hombros. 
  Todo indicaba que, en esa mañana el malestar sería protagonista.-¿Cedería?
   Sin embargo a medida que fueron  pasando los minutos, y a pesar de su estado de ánimo, logró seguir algo de  la conversación que tenían Nina  y  Paloma, - su hermana mayor -. Pero quien más  la distrajo fue Guillermina; su hermanita de pocos meses;  no podía despegar los ojos de ella.
 Mientras la miraba se preguntaba - ¿Cómo hacía ese bebe tan chiquito para tomar esa mamadera tan grande, en menos tiempo del que ella demoraba para tomar su leche? – y concentrada en sus dudas sin respuestas,  Sarita olvidó el mal humor.
  Seguía suspendida en ese pasatiempo, hasta que la tertulia la atrajo nuevamente,  porque era referida a un lugar que compartían las tres. Todas, excepto Guillermina, iban a la misma escuela.  Paloma y Sarita como alumnas.  Nina, por supuesto, como maestra.
 De todos modos  no tenía intención de participar, por eso siguió desayunando en el más absoluto silencio.
 La charla se intercalaba con las directivas de Nina, sus comentarios  acerca del trabajo y de lo que tendría que preparar para la semana siguiente, más las preguntas de rigor que hacía a sus hijas respecto de las tareas. Paloma era la única que  respondía. 
  Su mamá intentaba; sin lograrlo; que Sarita se integrara con su parloteo y volviera a ser Sarita.  Más tarde, cuando la charla  giró en torno de Joaquín, ella sin cambiar su gesto adusto, prestó más atención,  simulando que no le importaba tanto, pero no podía evitar espiar de reojo mientras Nina decía con firmeza: - … ¡y al fin Joaquín tuvo que quedarse en su casa!-  
Él era alumno de Nina y a su vez amigo de Sarita, ya que cursaban el mismo grado pero, en aulas diferentes.
  Sarita seguía muda, mientras Paloma preguntaba preocupada: … ¿¡y no fue a la escuela!?-  dijo pensando  en Joaquín-
Nina: -¡No, no!- y agregó con tono de maestra- ¡El médico le dijo que tenía que hacer reposo!
Paloma suponiendo lo mal que estaría  exclamó: -¡Qué aburrido! – ¡¿Un día sin escuela?!  –
  Nina mirando a Paloma y haciendo gestos disimulados para que evitara comentarios  inconvenientes para el logro de su objetivo, le contestó con un  - Sí –  ¡que insinuaba todo eso! - Paloma comprendió.  Entonces, continuó Nina - Pero además debe colocarse unas inyecciones  para curarse. – Decía esto mientras observaba por el rabillo del ojo las caras de Sarita. Ella como cualquier niño era muy expresiva, y con la cara solía decir mucho.
- Siguió Nina -  El médico lo indicó… –y asevero  con firmeza  sin abandonar su calidez- …y es lo que Joaquín va a tener que hacer… tendrá que ponerse unas inyecciones… -Aclarando al pasar, la importancia  del cumplimiento del deber:- Aunque no nos guste, tenemos que hacer caso a los médicos….
      Aquellos dichos fueron  tan insinuantes que Sarita empezó a asociar su “mal humor” con que estaba  enferma.  También comenzaba a sospechar  que su  mamá, le quería “enseñar” algo- . Los niños, aunque sean pequeños suelen ser muy astutos. Y ahora con el tema de Joaquín, Sarita creía entender algún mensaje oculto detrás de esa “arenga”.   Aunque queriendo no enterarse de lo que estaba intentando decir Nina, no podía dejar de repetir mentalmente y  en cámara lenta la frase clave y estremecedora -  “dee-be- co-lo-caar-se   in-yec-cio-nees”… “es- lo- que- va- a- tee- neer que haa-ceer”…. –  Lo que se repetía en su cabeza una y otra vez aunque no quisiera, la había empezado a asustar.  
 Ahora pensando con ligereza, creía también haber visto esa cierta complicidad entre Nina y Paloma.  Algo decididamente se estaba tramando. Lo que no deseaba, estaba a punto de confirmarse.
  Nina  miró esa carita redonda y esos ojitos grandes que parecían estar a punto de descubrir un misterio y  con un gesto inmenso de ternura y  para suavizar  cualquier situación,  dijo acompañando sus palabras, con el movimiento de sus manos:- al fin no es más que un “pinchacito”…-siguió explicando- con una “agujita”- sin dejar el diminutivo -  que pica apenas por un “ratito” –y sin abandonar el “ito” y con expresión de final feliz agregó- ¡después con unos “masajitos” pasa enseguida!
 ¡No había más nada que decir!  Sarita comprendió. ¡Ya no existía mensaje oculto para  ella!  Comenzó a transformarse. Ahora  su malestar era la angustia que la había invadido por acertar  en desconfiar del relato de la inyección para Joaquín.  Cómo había estado enferma, -  ¡también habría inyección para ella!
  A partir de ese momento todo sucedió muy rápido.  El mal humor de Sarita volvió repentino mezclado con el terror a lo inminente. Abatida por estos sentimientos y rompiendo su silencio empezó a gritar que ella ¡No se pondría ninguna inyección! - ¡Qué no le importaba si estaba enferma! - ¡No se la pondría!-
Sarita había entrado en tal pánico que la hacía revelarse como nunca lo había hecho. Estaba descubriendo la incontrolable reacción que le causaba - ¡una jeringa y una aguja!.
  Cuando vociferaba aquellas palabras que no eran más que expresiones de determinante resistencia, sonó el timbre de la casa. 
  Nina atendió con diligencia, mientras intentaba calmar a Sarita, sobre todo porque había llegado la hora que se anunciaba con un timbrazo. – ¡Hora de la inyección!- Al sentir la voz de Lucio, el enfermero del barrio; que además era conocido de la familia;  el caos fue mayor.  Sarita en medio de una crisis, comenzó instintivamente a resistirse.  Corría y se atrincheraba en cada rincón que podía.- ¡Le habían declarado la guerra y ella se defendería!-
  La mamá desesperada intentaba calmar a Guille en sus brazos, ya que había empezado a llorar,  trataba de controlar a Sarita sin poder hacerlo y atendía al mismo tiempo a Lucio. Paloma quería convencerla y Sarita, sentía aquella  presión. Su hermana quiso tomarla de un brazo pero no lo logró. ¡La guerra había comenzado! Paloma, solidarizándose con su madre en tal situación comenzó a correrla, diciéndole que se quedara quieta. – Era una guerra definitivamente y ¿le pedían que se rindiera? - ¡Nunca!
Después de tantas vueltas alocadas alrededor de la mesa, una persiguiendo y la otra escapando, Sarita  se  paró abruptamente frente a la heladera, la abrió, sacó una zanahoria y en un acto desesperado la arrojó sin pensarlo, con tanta puntería que acertó- ¡sin pretender tanta precisión! - en medio de la frente de Paloma. ¡¿Que había hecho?!- No se reconocía. La persecución de su hermana cesó… ¡Por culpa de la zanahoria convertida en misil para su guerra!
El caos se profundizó, corrió hasta su pieza, pero ellas entre enojos y llantos y alguna  frase de Lucio que pretendía tranquilizar, la siguieron hasta allí.  Nina ya no tenía a Guille, la había dejado al cuidado de Paloma, mientras una lloraba y la otra intentaba dejar de hacerlo por el zanahoriazo recibido. Nina estaba decidida a terminar con esa situación. No le perdonaría ni lo que había hecho a Paloma, ni el escándalo. Sarita en la pieza siguió corriendo, pero ahora - ¡por encima de las camas! - escapándose de los brazos adultos que se agitaban,  y de esas manos ansiosas por atraparla - ¡cómo si ella fuera la sortija de una calesita!- Se tiró de panza al piso y patinó hasta esconderse  debajo de una y otra cama, que oficiaban de trincheras para esta guerra, quedándose por unos instantes en aquellos lugares que se hacían inalcanzables para Nina y Lucio.
  Finalmente todos los esfuerzos de Sarita por escaparse fueron inútiles.  Nina, enojada, acalorada y avergonzada, había logrado alzar a Sarita mientras reprochaba su actitud para con todos, al tiempo que empezaba el intento por tranquilizarla. El enfermero se acercó y le dijo suavemente –No es para tanto Sarita,… enseguida pasa - ¡mientras sostenía en su gran mano; era lo que veía Sarita;  una enorme jeringa!. Ella cerró los ojos con el más profundo terror, pero con algo de indignación por sentirse obligada a pasar; según su sentir; por esa terrible experiencia. Aún así, comenzó la resignación, no había otra salida. Con un nudo en la garganta, y a punto del llanto, que nunca soltó para no sentirse más débil ante tremenda injusticia, decidió escuchar cuán dulcemente el enfermero le daba las indicaciones para relajarse… Y se entregó... Ya no permitió que sus tontos temores la invadieran, sólo escuchaba la voz de Lucio.
  Para cuando abrió los ojos, vio y sintió a su mamá, que la acariciaba y la contenía en sus brazos.
  No había sido necesario aquel berrinche, bochornoso para Nina, doloroso para Paloma, fastidioso para Guille y sobre todo para el enfermero, aunque él nunca lo demostró.  Ahora que se daba cuenta de lo que había hecho,  era especialmente vergonzoso para ella.
En la siguientes inyecciones que no fueron más que dos,  no hubo escándalos, ni zanahorias convertidas en misiles, ni carreras alocadas, ni trincheras. Sarita aprendió cómo tenía que enfrentar su miedo, lo que debía y no debía hacer. Si al fin de cuentas su mamá; tenía razón. Las inyecciones no eran más que palabras en diminutivo:… un “pinchacito”  con una “agujita”, que picaba apenas por un “ratito”, y que con unos “masajitos” pasaría…




  LA REBELIÓN IMPERTINENTE
  ISBN: 978-987-27597-0-4,