Tenía esa certeza. Ella había comprobado con fascinación, en sus visitas al zoológico que muchas de las cosas que hacía y le gustaba hacer, también la hacían los monos más chicos. Fue así como nació su sentimiento de hermandad con esas pequeñas y adorables bestias peludas. Era un gran descubrimiento y la asombraba la similitud que encontraba. -¡¿ Ella se les parecía?! -¿O era al revés? ¿ los monos se parecían a ella?.
Siempre estaba alegre y pasaba buena parte del día inventando morisquetas frente al espejo, practicando toda clase de piruetas, jugando con sus amigos del barrio, haciendo reír a su mamá y a sus hermanas con sus variadas ocurrencias y porqué no "monadas", cuando no estaba ideando el modo de asustarlas y molestarlas, sólo con la intención de divertirse con sus travesuras.
Pero si había algo que a Sarita le encantaba más que nada,- ¡igual que a los monos!- era estar trepada a la copa de los árboles.
Había uno en especial; el que estaba frente a la puerta de su casa; en la vereda de su añorada Villa Diego. Era un gran paraíso y ¡sí!-¡en aquella rama! ¡sí, sí!-¡la más alta! hasta allí quería llegar. Por supuesto que antes tendría que escalar por todas las que estuvieran más abajo y que además resistieran el peso de su cuerpo, aunque fuera pequeñito. Por cada rama que subía, ella se detenía a observarla. Estudiaba con entusiasmo su mundo conquistado; cada nudo, cada brote, y a cada hormiga en la sorprendente tarea de transportar su alimento, varias veces más grande que ella, ascendiendo, descendiendo y sorteando; lo que sería quizá para ese pequeño insecto; enormes precipicios, cuevas y montañas.
Cuando llegaba a la rama más alta, sentía desde allí arriba que todo lo podía, que su mundo era magnífico, que la naturaleza hermosa, y que su paraíso.... -¡ay su querido paraíso!- era su selva.
Estaba tan apegada a él, que en las vacaciones de verano organizaba un creativo pic-nic para sus amigos, y no era precisamente del modo que lo hace la gente, quiero decir debajo de los árboles, sino que se las arreglaba para hacerlo en medio de su frondosa copa.
Sarita y sus compañeros de tantas aventuras, quedaban de acuerdo para encontrarse a primerísima hora de la tarde. Era el momento en que más se disfrutaba de la frescura que les brindaba el novedoso hogar, sumado a la esperada independencia, ofrecida por la siesta adulta, que se hacía inmediatamente después del almuerzo y ordenar la cocina.
Una vez reunidos al pie del árbol, verificaban que nada les faltase,ni masitas, ni dulces, ni frutas y mucho menos el jugo para beber, entonces con la seguridad de tener todo lo que necesitaran, comenzaban organizadamente a subirse.
Cada uno de los cuatro amigos, tenía como asiento su rama predilecta. Estaban dispuestas de forma escalonada y circular alrededor del tronco principal, así que sólo podían acomodarse en diferentes niveles, pero esto no les impedía verse las caras, ni intercambiar suministros. Se sentían tan a gusto, que no se daban cuenta de las horas que pasaban allí. Sólo cuando alguna parte del cuerpo comenzaba a doler.
Fue así que se sucedió cada tarde de verano. Y ese árbol que a la vista de cualquiera no era más que un paraíso, para los chicos, pero especialmente para Sarita, se había convertido en algo muy especial. Para ellos no era un árbol de paraíso más. Imaginaban que él se sentía feliz de sostenerlos y abrazarlos con su frescura en medio de tanto calor y no podían dejar de considerarlo un amigo más con el que habían compartido tantos momentos.
Tiempo después Sarita comprobaría, con sus inocentes asociaciones, que él realmente tenía sentimientos, que seguramente le había agradado su compañía y escuchar ocurrentes conversaciones, llenas de risas y no tanto, ya que aveces había un fluido intercambio de confesiones entre ella y sus amigos.
Tal fue el amor mutuo entre el árbol y Sarita que al enterarse que debía mudarse, estuvo tan triste que pasaba más horas de las acostumbradas con él, tratando de fijar en su memoria cada rincón que la había refugiado tanto tiempo.
Pocos días después de haberse mudado con su familia, Sarita supo que no sólo ella había sufrido la despedida.
Una extraña marca sombreada había salido en su pierna.
En la consulta al médico que hizo su mamá, aquel les explicó; después de indagar en que lugares jugaba Sarita; que esa mancha no era grave e iba a desaparecer con el tiempo. Que sólo era una alergia y que seguramente a una planta con la que tuviera contacto frecuente.
Al decir esto el médico, Sarita exclamó- ¡mi paraíso!-volvió a mirar su mancha, y todos hicieron lo mismo. Observaron detenidamente delineando con la mirada el contorno de la sombra. El médico cada vez más sorprendido, empezó a delinearla nuevamente pero esta vez, con su dedo.
No era una sombra cualquiera, cómo no había sido su paraíso, cualquier paraíso. Su mancha resultó ser la sombra más increíble y hermosa que Sarita nunca hubiera imaginado.
Tenía dibujada en su pierna un delicada ramita con sus hojas de paraíso. Pensó entonces en "su selva", su árbol querido y entendió que esa era la prueba, de que "aquel amigo" la había querido tanto que también había llorado en la despedida, dejando su huella . Y que el médico cómo todo médico, queriendo dar una explicación lógica, había diagnosticado equivocadamente: -¡ alergia!.
Sarita mostró a todo el mundo, entre nostálgica y orgullosa su hermoso tatuaje natural, que apenado aquel árbol; por no verla más; le había regalado. Finalmente y en lo único que no había errado el médico, era que su "mancha" desaparecería. Pero lo que nunca se desvaneció con el correr de los años fue el tierno recuerdo de aquel gran Paraíso de Villa Diego.

